Hay gente que se despierta y funciona. Y luego estamos los demás.
Los que abrimos un ojo, miramos la hora y pensamos: vale, pero primero café.
Porque el primer café del día tiene algo especial. No es solo que ayude a despertarse. Es el momento en el que el día empieza a tener un poco más de sentido.
No sabemos si es el olor, el sonido de la cafetera, la taza caliente entre las manos o ese primer sorbo que parece ponerlo todo en su sitio. Probablemente sea un poco de todo.
Quizá por eso nos gusta tanto. Porque el café no solo nos despierta: nos coloca. Nos da unos minutos para aterrizar antes de empezar con todo lo demás.
También tiene mucho de costumbre. Cada persona tiene la suya: quien lo toma solo, quien necesita un café con leche enorme, quien no perdona el de después de desayunar, quien lo prepara siempre en la misma taza o quien dice que “no lo necesita”, pero casualmente nunca se queda sin café en casa.
Y luego está el ritual. Prepararlo, esperar, servirlo, olerlo. Ese pequeño gesto de cada mañana que repetimos casi sin pensar, pero que echamos mucho de menos cuando falta.
Porque el café tiene eso: no hace falta que ocurra nada especial para que se convierta en un buen momento. Puede ser en la cocina, medio dormidos. En la oficina, antes de la primera reunión. En el bar de siempre, con la misma persona de siempre. O en silencio, que a veces es justo lo que necesitamos.
Al final, no es solo café. Es pausa. Es rutina. Es compañía. Es ese pequeño “vamos allá” antes de enfrentarse al día.
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